La isla griega es famosa por sus fiestas masivas, despedidas de soltera y raves en la playa. Sin embargo, cuando todavía no ha empezado la temporada de verano, Mykonos se convierte en una isla desierta con mucho encanto.
Mykonos se encuentra a 180 km de Atenas y en menos de una hora de avión se puede aterrizar en su aeropuerto, un sitio enano con pintas de piscina pública y con una única sala de espera desde la que se observan los despegues. Lo más económico para volar desde España es hacer escala en Atenas.
Para ir del aeropuerto al centro hay un bus que vale menos de 3 euros, aunque la mayoría de alojamientos cuenta con un sistema gratuito de recogida. Lo único que tienes que hacer es confirmar la hora de tu llegada y te esperarán con una sonrisa y un cartel con tu nombre (les falta la caja de bombones). Yo os recomiendo el Studio Eleni (Aghias Paraskevis 22).
Recorriendo la isla con tranquilidad


Mykonos es una isla muy cómoda porque el centro se puede recorrer andando. Se trata de un entramado de callejuelas y casas pintadas de blanco, a excepción de las ventanas y los balcones que están teñidos de azul. En temporada baja (de octubre a mayo) los agobiantes intentos de sobrepasar multitudes se convierten en tranquilos paseos por el empedrado de las calles.
Lo curioso es que se puede observar cómo los autóctonos repintan a contrarreloj la isla para que esté a punto en los meses con más afluencia de turistas (julio y agosto).
Ver el atardecer rozando el mar
Una de las partes más asombrosas de Mykonos es Little Venice. Desde allí se observa uno de los mejores atardeceres del mundo. En temporada baja, se puede coger sitio en el muro que separa las terrazas del mar. Ver el sol caer mientras te salpican las olas que golpean las fachadas blancas es una experiencia bastante gratificante. A escasos metros de Little Venice, se encuentran los molinos que, pudiendo haber salido de la misma Castilla-La Mancha, protegen la playa griega desde arriba.
Cabras de camino a la playa
Toda la zona que abarca Little Venice y los molinos sería el centro de Mykonos, pero esta tiene más puntos de interés. Cruzando toda la isla, nos encontramos con una zona bastante montañosa y rural. Lejos de los mojitos en las terrazas y las fotos con el pelo al viento, se encuentra lo más auténtico de Mykonos.

Sus ciudadanos viven en humildes casas rodeados de malashierbas y cabras. Por esa zona es muy difícil guiarse por varias razones: todos los caminos son idénticos, no hay internet y los autóctonos no hablan inglés. Sin lugar a dudas, atravesar la isla se convierte en toda una aventura, aunque hacerlo andando puede llegar a convertirse en tarea imposible. Por eso la mejor opción es alquilar una moto o un quad. Los que no tengan ni vergüenza ni miedo se pueden atrever a hacer autostop. Los ciudadanos de Mykonos se caracterizan por ser sencillos, simpáticos y hospitalarios por lo que no suelen denegar la ayuda a un turista.
Animales fantásticos y dónde encontrarlos

Como todo lugar turístico que se precie, esta isla también cuenta con un animal fantástico y misterioso. Escocia tiene a Nessie, EE.UU al Bigfoot y Mykonos presume de su pelícano rosa, Petros. Conseguir una foto suya no es misión imposible ya que suele rondar por la Taberna de Paraportriani, cerca de Little Venice. Cuenta la leyenda que el pelícano que se puede encontrar actualmente no es el original, por lo que le han renombrado como Petros II. Hay dos versiones que circulan sobre la desaparición del primer pelícano: que murió y que fue robado por los lugareños de la isla de Tinos. Junto a Petros, decenas de gatos corretean de un lado a otro de la isla.
Además de ganar tranquilidad, en Mykonos en temporada baja se ahorra dinero. Los precios entre un mes y otro no tienen nada que ver. Todo se ve afectado por el aumento de la demanda, desde los alojamientos hasta la comida. Un gyros (una especie de kebab griego) con una cerveza puede pasar de costar 4 € a más de 10 dependiendo del mes.



